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Author: María Renée Batlle
•17:26

Semuc Champey (Cobán)

DOMINGO 5 DE ABRIL
El camino fue largo. Calculo que nos llevó unas siete horas llegar a Huehuetenango. Siempre nos perdíamos, así que parábamos a preguntar. A la entrada al pueblo, no sabíamos dónde estaba el hotel, pero Guillermo rápido se orientó. No más llegar, tuve ganas de comer. Fuimos al restaurante, pedí una verdurita y me llevaron un enorme plato que de solo verlo, se me quitó el hambre. Además, la comida del hotel no era muy buena. A todo le meten plátano, ¡y no me gusta!

Por la noche, con ese cansancio, vimos una película. Recién iniciamos la segunda, me quedé dormida. Guillermo la vio hasta el final.

LUNES 6 DE ABRIL
Nos despertamos a las 7.40 a.m. Salimos a las 9.45 hacia El Mirador. No más verlo, sentí una expansión en mi espíritu tan grande, que me dieron ganas de recogerme a contemplar. Había muchos niños indígenas, lo que quebró el retiro hacia mi espíritu. Aún así, le pedí a Guillermo nos sentáramos un rato en una banca de cemento que había en la orilla. Se podía ver el horizonte amplio, las montañas, el pueblo, con un cielo totalmente despejado. Al sentarme, me llené los pulmones del aire tan puro. Pensé que a Kay le hubiera gustado mucho estar ahí, y que juntas, seguramente hubiéramos meditado.



Los niñitos se me quedaban viendo. No sé qué verían en mí, ni qué pensaban. Yo sólo les sonreía. Me sorprendí de ver algunas caritas simpáticas. Quise entablar un breve intercambio de palabras con ellos, pero su timidez no lo permitió. Insistían en recitarnos el poema hacia los Cuchumatanes, inspiración del poeta guatemalteco, Juan Diéguez Olaverri. Sus letras estaban impresas en unas placas, y le daban en redondo la vuelta al espacio de cemento que conforma el mirador.

Les pedimos que lo recitaran, se pusieron todos juntos y en coro, lo hicieron de memoria. Le fuimos dando la vuelta al parque, nos tomamos algunas fotos con ellos, y luego Guillermo les regaló Q50, para que se lo repartieran entre todos. Calculo que eran como nueve niños.


Seguimos por la carretera. Al principio, la carretera recta, lindos parajes, aunque todo pelado, desértico, pues según me contó Guillermo, los narcos han cortado todos los árboles para vender la madera. Esto me impactó y me dio tristeza. No es posible que vendan el país por obtener unos dólares más. Tienen ya tanto, que no necesitan dinero extra para despojar a Guatemala de su belleza. Sin embargo, y a pesar de eso, Guillermo venía embelesado con el paisaje.


A cada rato expresaba cuán bello era el lugar. Yo no lo hice, creo que no porque no me gustara, pues de hecho, es precioso, sino porque estaba muy pendiente de la vegetación y de los porqués de su desértico paisaje. Con su escasa vegetación, habían desperdigadas unas tunas que sólo ahí he visto, diferentes de las que suelen verse en otros desiertos.


Seguimos por el camino, pero cada vez se ponía más curveado. Me dio una ligera ansiedad, no tanto, pero con un poco, dejo de apreciar los parajes. Tengo que ir con la vista puesta en el frente para no marearme y esto me impedía voltear a a ver el a los lados. También el camino era muy estrecho, y el barranco estaba ahí no más.

Cuando se asomó una enorme piedra enfrente nuestro, no podía creer que hubiera algo tan fuera de serie. Nos bajamos, le tomé varias fotos. Guillermo me dijo que era un centro energético, que él sentía la energía en el tórax y pecho, pero yo no sentí nada.

Seguimos otro trecho y nos dimos cuenta, de que el hotel que estábamos buscando, lo habíamos dejado muy atrás. Dimos la vuelta y nos volvimos a perder. Preguntamos varias veces dónde quedaba El Unicornio Azul, nombre del hotel, y por fin, lo encontramos. A lo lejos, vimos unos caballos trotando, que parecían de pura sangre. Tenían una belleza fuera de lo común. Se veía la casita del hotel a lo lejos. La vegetación era nula. Encontramos la entrada cerrada, pero Guillermo se bajó a abrir la valla. Bordeamos un camino corto, que nos condujo al hotel. Salió a recibirnos con cara de extrañeza, su dueña, una señora alta, con ojos inquisidores, un carácter que al hablarnos, se percibía muy fuerte. Calculé que andaría por los 50’s. Se notaba que había sido una mujer hermosa. Nos preguntó qué queríamos. Que quien nos había recomendado el hotel. Nos pasó a la casa, nos contó que ahí vivía ella con su esposo, y que habían tomado la decisión de convertirlo en un hostal. No más entrar, estaba un comedor pequeño, oscuro. Ella personalmente se encargaba de que el servicio para sus clientes fuera bueno. Nos contó que tenían tres habitaciones para huéspedes.

En la mesa del comedor, había como 6 personas platicando amenamente. Se volteó un hombre hacia Guillermo y lo saludó con un fuerte abrazo. Reconocí a Fernando López, un cantautor, con quien había participado en un concierto en la Academia de Angélica Rosa, en el año 90. Cuando le dije quien era, me dio un abrazo efusivo y comentamos un ratito sobre esos tiempos. Creo que andaba un poco desubicado, pero fue muy amable y me di cuenta de que si sabía quien era yo. Ha pasado tanto tiempo, que sería normal que no me recordara, pero estoy segura de que fue sólo por mi nombre, y no por mi fisionomía.

Compramos el famoso queso Chancol que tanto me ha recomendado mi hermano. Salimos comentando que el hotelito no nos gustó. Menos mal que no se nos ocurrió reservar ahí. También fue mi hermano quien me lo recomendó como un hotel muy acogedor, que valía la pena conocer.

A la vuelta, queríamos visitar una laguna que a Guillermo le habían dicho que valía la pena conocer, pero nos informaron que quedaba como a dos horas y media de donde estábamos. No quisimos ir, pensamos que era demasiado lejos, así que retornamos al hotel, pero antes, pasamos a un poblado (cuyo nombre no recuerdo) a visitar una iglesia donde está la famosa Virgen de plata. No me pareció nada sensacional. En las bancas de enfrente, habían dos señores, hombre y mujer. La vieja me habló en inglés, cuando le dije que hablaba español, se disculpó.

No más llegar al hotel, nos metimos a darnos un baño. Veníamos llenos de polvo por todos lados.

Iniciamos una película, pero la quitamos por el cansancio y el sueño. Nos dormimos un rato, yo desperté antes que Guillermo, así que me puse a leer mi libro sobre psicología transpersonal. Es un tema que me interesa, pues es la unión de lo psicológico con lo espiritual, lo cual convierte a la terapia como una sanación del alma, más que una sanación solamente emocional y mental.

Posteriormente, nos pusimos a platicar. No hablábamos quedo, sino algo fuerte, no sabíamos que el dormitorio de al lado estaba ocupado. De repente, en medio de la conversación, nos tocaron a la puerta con mucho cuidado. Yo pregunté “¿Quién es” y una voz como de anciana me responde “por favor, podrían bajar la voz que queremos dormir”. Nos carcajeamos, pero le hicimos caso y decidimos dormir.

MARTES 7 DE ABRIL
Despertamos a las 8.30 a.m. Cuando iba a desayunar, estaba una pareja de señores mayores en la recepciòn, les di los buenos días, y la voz de una mujer me responde “buenos dìas”: le reconocí la voz temblorosa, la de la noche anterior que nos pidió silencio.

A las 10 salimos hacia el nacimiento del Río San Juan. No más verlo sentí una energía que no había sentido hasta el momento. El nacimiento del río, la pureza del chorro tan abundante de agua fresca. Fue como estar en la pura naturaleza, con todo su frescor.


Tomamos varias fotos. Guillermo se tropezó dos veces y en ambas ocasiones la cámara se le cayó. Yo sólo le decía ¡la cámara! Más adelante me comentaría como chiste: “Yo por poco me rompo el hocico y usted: ¡ay, la cámara!” Me dio mucha risa, pues tenía razón.


El río desembocaba en unas piscinas artificiales. Había un quiosco donde un ladino instruía a unas niñas indígenas sobre varios ejercicios, que según me explicó Guillermo, eran teatrales. Ellas estaban gozosas. Por todos lados, había puestos de comida, gaseosas, cervezas, pollo, carne, boquitas. Nos sentamos en una banca de cemento a leer. Fue muy rico, no quería irme. A pesar de que estaba gozando de mi lectura, no pude impedir platicar con Guillermo. El me preguntaba a cada rato si quería irme, que si tenía hambre y yo le respondía que no. Cada vez iba llegando más gente, entonces ahí por las 2 p.m. le dije que ya tenía hambre y nos fuimos al hotel.


Guillermo quería enseñarme las ruinas de Zaculeu, pero a mí no me interesó. A él le costó entender cómo a mí no me interesaban las ruinas, pero es un hecho. Y ahora que escribo desde mi apartamento, no me arrepiento, sé que no lo hubiera pasado bien.

Guillermo había llevado bacalao hecho por su hermana Verónica. Lo teníamos en la refrigeradora del hotel. Pedimos nos lo calentaran y nos llevaran una ración de arroz para cada uno, al dormitorio. ¡Estaba delicioso! A pesar de que era bastante, nos lo terminamos.

Al finalizar el almuerzo, pusimos una película con Robert de Niro, pero la dejamos a medias, pues nos moríamos de sueño. Me despertó el timbre del celular de Guillermo. El respondió y siguió durmiendo. Yo ya no pude, así que seguí con mi lectura.

MIÉRCOLES 8 DE ABRIL
Salimos para Cobán. Descubrí con sorpresa, que el camino estaba lleno de pinos. Pusimos CD’s y yo le puse a Guillermo el disco de Tania Libertad donde musicalizados, van los versos de Benedetti. Le hice énfasis en que escuchara más que la música, las letras. A cada canción que pasaba, le preguntaba qué le había parecido, y a todas, me respondía que sí le había gustado. Luego, se dio cuenta de que eran de Benedetti, uno de sus poetas preferidos.

Cuando ya agotados, habíamos recorrido bastante más de la mitad del camino, nos encontramos con que la carretera estaba bloqueada por derrumbes. A mí casi me da un patatush, pues ambos ya veníamos cansados. No sabía que habían rutas alternativas. Para pasar, nos cobraron Q100, aduciendo que había derecho de paso de una finca, y que había que pagar la maquinaria, etc. Nos pareció que nos habían robado Q50, pero no hubo alternativa.

El camino era de terracería, muy angosto, y como siempre, con barrancos al lado. Ya habíamos recorrido un tramo, cuando vimos a dos camiones llenos de piedrín, frente a nosotros, bloqueándonos el paso. Guillermo se asustó por la posibilidad de que fueran asaltantes, pero no podíamos retroceder ni avanzar. Luego nos dimos cuenta de que no podían pasar por las maquinarias que arreglaban el camino.

Ya liberados del temor, seguimos la carretera. En una curva, había piedrín que los camiones habían derramado al suelo. La camioneta patinó y Guillermo tuvo que hacer algunas maniobras para salir airosos. No pasó nada.

Al entrar a Cobán, lo primero que hicimos fue buscar un centro comercial, para comprar películas. Entramos al Magdalena y buscando, llegamos a un puesto donde había por montones. Nos pasamos un buen rato escogiéndolas, y al llegar a pagarlas, ¡nos dijeron que eran para renta! Aún así, dijo que algunas de ellas sí nos las podía vender, pero eran carísimas.

Nos fuimos directo al parque central, a buscar a niños que venden películas en las calles por Q10. Por fin encontramos unos puestos, y compramos varias.

Yo no llevé la dirección del hotel Duranta, así que buscamos una internet y ahí encontré la dirección. Luego no sabíamos cómo llegar y fuimos preguntando, hasta que por fin llegamos, otra vez, cansadísimos, a las 6 p. m. Tuve una impresión muy bonita al llegar al hotel, me pareció acogedor: un patio en medio lleno de vegetación y a los lados, un corredor con los dormitorios.


Pedimos comida a la habitación y no tenían servicio. Guillermo se molestó, pues no le gusta ir a los restaurantes, pero no le quedó más remedio que ir. A mí me da igual, si la compañía en el dormitorio es buena. Llevamos una botella de vino y no hubo ningún problema. Yo sólo me tomé una copita, no tenía ganas de tomar más. La comida me gustó mucho, había una gran diferencia con la del hotel de Huehue.


Al retornar al cuarto, otra vez queríamos ver una película. Cada una que poníamos, por alguna razón no se podía ver. Llevábamos cuatro, y cuando por fin escogimos una y sí funcionó, nos dio sueño y nos quedamos dormidos.

JUEVES 9 DE ABRIL
Mientras yo me desayunaba, Guillermo se fue a un car wash, porque la camioneta estaba llena de polvo por dentro y por fuera. Ya era imposible el acceso sin que la mudada del día quedara sucia. Cuando regresó, llegó al comedor a tomarse un café. Ahí permanecimos una hora y media platicando de mil cosas.

Pasamos al escritorio a preguntar sobre las grutas del Rey Marcos, pero la señorita nos informó que se entraba por un agujero pequeño, y que adentro, sólo cabía una persona detrás de la otra. También nos informó que adentro había una laguna y que el recorrido duraba unos 45’. Le dije a Guillermo que yo no podría entrar por mi fobia. Sólo de pensarlo me erizaba. Preguntamos por el vivero de orquídeas, de la familia Archila, al cual me hubiera gustado asistir, pero por las fiestas estaba cerrado. Entonces decidimos ir a almorzar y más tarde ir caminando hacia el Parque Nacional Victoria. Nos dirigimos a una zapatería para que yo comprara unos tenis. Mis zapatos de caminar los olvidé, a pesar de que pasé mucho rato planificando mi maleta para que no se me olvidara nada. En la zapatería, la señorita nos recomendó visitar el Balneario Venecia. Nos lo hizo ver muy interesante, con lanchitas para recorrer un río, una especie de cueva para comer y linda vegetación.

La señorita del hotel nos advirtió que a la laguna no debíamos ir, ya que ahí había muerto un compañero suyo, aun con salvavidas, por los remolinos que tiene. Entonces tomamos la decisión de visitarla, sin meternos al agua, y tomar fotos. Previo, el dueño del hotel nos recomendó un buen restaurante de Cobán: el Acuña. Cierto, la comida exquisita y el lugar bonito, lleno de orquídeas, de mesitas en un pequeño jardín, en un corredor y también dentro de la casa. El mesero nos atendió tan bien, que nos hizo estorbo.

Emprendimos el camino hacia el Balneario Venecia; aun preguntando, nos perdimos. Ya cansados de tanto vagar de un lado al otro, paramos en el lago Chichoj, pequeño, lleno de algas, ubicado en el pueblo San Cristóbal.

No más llegar, nos sentamos en el muelle para tomarnos fotos. Ahí mismo, un señor nos recomendó Petencitos, que quedaba a vuelta de donde estábamos. Llegamos muy rápido y nos sorprendimos de ver un lugarcito tan lindo: una montañita llena de pinos, lleno de bancas para quien quisiera hacer un picnic, y la laguna enfrente.


Volvimos a tomar fotos y luego nos regresamos a Cobán, pero antes, pasamos al Rincón de la Abuela a tomarnos un café. Bueno, yo terminé comiéndome dos pasteles.


Por la noche, pusimos otra película, una comedia, y a pesar del cansancio, la terminamos de ver.

VIERNES 10 DE ABRIL
Pusimos el despertador a las 7.15 a.m. Tuve una noche fatal. Casi todas, había tenido algún tipo de sueño extraño, pero no era esto lo que me despertaba a la mitad de la noche.

Después de mi desayuno, ya que Guillermo no desayuna, nos dirigimos a Semuc Champey. Hicimos dos horas de camino. Yo iba somnolienta, así que no platicamos. En el camino, me vino la urgencia de ir al baño. Guillermo paró el carro ante una tienda que parecía una cabaña de madera. Le pedí un té frío a un hombre, y antes le pregunté si podía usar el baño, a lo que me respondió “Sí, pero es una letrina”. Bajé unas graditas estrechas de madera metidas entre la tierra, y me dirigí a la parte de debajo de la cabaña. Tocaba las puertas y nadie me respondía. Abrí algunas y más parecían unas bodegas, así que volteé a ver y vi dos recintos pequeños, cuadrados, hechos de madera. Me dirigí al que tenía más cerca y no más abrir la puerta, un fuerte baho a orines, ofendió mi olfato. Hice el intento de no respirar, pero me fue imposible, así que puse mi mochila en un piso de tablas de madera, y le hice frente. Me di cuenta de que al ratito, ya el olor no lo sentía y ya no me importó. La verdad es que como no tenía chahuite, lo preferí a un baño lleno de agua con pelos. ¡Que asqueroso!

Hicimos un poco más de dos horas de camino. El parqueo estaba lleno de carros. Pagamos Q10 por el derecho de dejar la camioneta, luego Q30 por cada uno para entrar al lugar.

¡Bellísimo! La primera laguna frente nuestro, llenísima de gente, no sólo bañándose, sino por todos lados, en las gradas, en la periferia, haciendo picnics, etc. Subimos unas gradas de madera que iban cuesta arriba. Llegamos hasta la última laguna. La gente seguía viéndose por todos lados.


El calor era insoportable. Habíamos llevado una mochila con el cambio de ropa: shorts, calzonetas puestas, zapatos de agua. Escogimos una de las lagunas para darnos el primer baño. El agua estaba deliciosa, ni caliente, ni muy fría, la temperatura exacta. La naturaleza era frondosa. Ver hacia arriba, era descubrir los rayos del sol entre tanta rama de árbol. Yo andaba con el sombrero que me prestaron, ya que el sol era infernal.

Dentro del agua, de no haber sido por tanta gente, hubiera sido un paraíso, lo fue, pero a medias. Realmente no disfruto cuando hay tumultos. Pero valía la pena ir y experimentar. Al bañarnos en una laguna, nos pasábamos a otra, hasta que llegamos a la parte de arriba, donde el río Cabahón salía con todo su ímpetu y fuerza. Al final de las lagunas, volvía a emerger el río, volviéndose ancho y según me dijo Guillermo, peligroso.

Nos bañamos en tres lagunas. La de más abajo, era honda. Nos quedamos en un pedacito donde había piedra y nos sentamos. En unas rocas, algunas personas se tiraban paradas al agua, fue entretenido verlos.

Llegamos empapados a la camioneta, pusimos el aire acondicionado, y almorzamos. Luego nos dirigimos hacia las grutas de Lanquín. ¡Casi no había gente! Fue la primera buena impresión.


Al tener la entrada de la gruta frente a mí, me pareció un capricho de la naturaleza monumental. Se entraba a ella, por medio de unas gradas de madera empinadas. Al entrar, se sentía un aire frío delicioso. Era perturbador estar adentro. Focos por todos lados y graditas para irse orientando. Guillermo tomaba fotos. Cuando ya las gradas se fueron empinando más y habíamos entrado lo suficiente, comencé a experimentar las primeras señales de fobia, así que le dije a Guillermo que iba a retroceder y que lo esperaba abajo.


Me senté a la pura entrada-salida de la gruta, entre los primeros peldaños de lo más alto. Traté de meditar y me di cuenta de que habría sido muy fácil dejarme llevar, de no ser por la gente que a cada rato pasaba a mi lado. Yo me concentraba en un punto fijo y no pensaba en nada. Lo estaba disfrutando, hasta que desistí de hacerlo. Pero desde este lugar, escuchaba los comentarios de la gente. Por ejemplo, una jovencita dijo que le daba miedo y casi al instante, estaba de vuelta. Un niño le preguntó a un adulto, que si habían murciélagos. Una señora no muy vieja, hacía grandes esfuerzos por levantar una pierna y después la otra, para poder subir las gradas. Un señor dijo literalmente “yo ya no estoy para ésto”.

En el camino, me dieron ganas de ir otra vez al baño. Paramos en una gasolinera, cuyo retrete sentí más sucio que la letrina, no sólo apestaba, sino estaba lleno de chahuite.

Al llegar al hotel nos dimos un buen baño. Fuimos a cenar al restaurante Acuña, donde descubrí el famoso postre de chocoqueso.

SÁBADO 11 DE ABRIL
Desayuné sola, y Guillermo se me unió a tomar su café. Platicamos como hora y media, luego fuimos a hacer nuestras maletas y más tarde, tomamos fotos en los puntos más bonitos del hotel. Nos chequeamos, nos despedimos de los dueños y nos encaminamos al Restaurante Acuña a almorzar. En total, fuimos tres veces porque lo ameritaba. La comida es maravillosa.

Pedimos sopa de frijoles y un guacamol. Yo volví a comer chocoqueso y pedimos otro pedazo para traer a casa, más dos sándwiches, uno para cada uno.

En el camino, platicamos poco. Escuchamos montón de música. Entramos a la ciudad por la Calle Martí. Luego torcimos a la derecha para llegar a su apartamento. Me explicó cómo llegar a él y como debía salir en ese momento hacia mi zona.

Nos despedimos con un abrazo y un buen beso, a plena calle. Me entró nostalgia, por lo que me vine muy despacio, sin ninguna prisa, a mi casa. Como que evadía el llegar y encontrarme tan sola. Las calles estaban desiertas. Llegué al edificio como a las 4.45 p.m. Lo primero que hice fue bajar las maletas y demás, y ponerlas sobre un cochecito con ruedas. Llegando al apartamento, saqué todo de las valijas, ordené algunas cosas y otras las dejé sobre el vestidor en desorden. Me di un baño rápido y luego bajé a calentar mi pan, saqué un azafate, el pastel y un té frío, y me vine con mi comida a la computadora y a llamar a Guillermo. Le dije que había llegado bien y que nos hablábamos a la noche.
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5 comentarios:

On 1 de marzo de 2010, 22:53 , Conversaciones de todo dijo...

Ese cuento si es largo y muy interesante.
Ese niño que pregunto, sobre musiegalo se lla guacharo, ese guachoro es sololamente en la cueva, nunca sesale de la cueva.
En venezuela hay cueva y lo llama la cueva de guacharo, esto el cuento.

 
On 7 de marzo de 2010, 11:34 , Belkis dijo...

Que bonito relato y cuantos recuerdos para mi Shanty. La guatemala donde pasé casi 3 años en mi juventud y en la que tanto disfruté con la inocencia propia de los años. Que alegría has dejado hoy en mi corazón. Gracias del alma.
Besitos Shanty

 
On 20 de marzo de 2010, 5:10 , Belkis dijo...

La razón por la que fui a vivir a Guatemala, fue por motivos laborales de mi padre. Estuve allí desde 1979 hasta 1981. Estudié 2 años en la universidad Francisco Marroquín. Conocí gente maravillosa, fué un tiempo muy bonito en mi vida.
Un besito Shanty y feliz fin de semana.

 
On 30 de octubre de 2010, 23:56 , Phivos Nicolaides dijo...

Hola querida amiga! Bonito! Si tiene tiempo, por favor eche un vistazo a la revista a mi hijo está editando. Gracias. PULSEmagazine

 
On 20 de mayo de 2015, 21:38 , sherlina halim dijo...

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