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Author: María Renée Batlle
•13:51
Fue un viaje de cinco días con sus noches a New York. Fuimos tres amigos: Luis, Verónica y yo. Los tres tenemos una afición en común: cantamos ópera, por tanto, ir a escuchar a los grandes talentos del mundo, fue una experiencia inolvidable. Desde Guatemala hicimos reservas para tres óperas: Turandot, Baile de Máscaras y Fausto.


Verónica y yo, aprovechamos el viaje para conocer algo de Manhattan y considerando los pocos días que estuvimos, logramos abarcar bastante.



Yo, en la terraza que sirve como vista panorámica hacia la ciudad de New York, desde el Empire State Building.


Al final de la tarde, acudimos al Empire State Building y llegamos hasta la terraza ubicada en el piso 86. El aire y el frío eran fortísimos, pero no nos impidió que diéramos un recorrido por la magnífica vista que desde aquí se observa de la ciudad.

La construcción del Empire State Building completada durante la Gran Depresión, fue un evento determinante en el advenimiento de New York como una gran ciudad del siglo XX. El edificio se eleva 1,230 pies sobre la gran Quinta Avenida, en el centro de Manhattan, considerándoselo uno de los edificios más grandes del mundo en su época. La visión −en un día claro y poco brumoso− abarca 50 millas desde su tarima de observación. El tiempo que se llevó en construirlo fue de dos años, a pesar de su enorme tamaño.

Luis y yo, frente al Metropolitan Opera House en New York.
La noche del segundo día, fuimos al Metropolitan a ver Turandot, producida por Zefirelli.
El Metropolitan Opera House está ubicado en el Lincoln Center y provee entretenimiento de primera calidad entre óperas, ballets y conciertos sinfónicos.
Por la noche del cuarto día, asistimos a ver la ópera Baile de Máscaras. El elenco magnífico: Aprile Millo, Marcello Giordani, Carlos Alvarez. La ópera maravillosa desde todos los ángulos: musical-vocal-montaje. A pesar del sueño, del cansancio, me maravillaba de ver cómo tan magnífica producción me permitía no sólo permanecer lúcida y sin sueño, sino incluso, disfrutar al máximo el montaje de la obra.
Nuestra última ópera en la quinta noche, fue Fausto: no hay palabras ¡Que voces, que talentos, que obra, que producción! Fue sin duda, la mejor de las tres óperas que vimos. Como director, James Levine y de cantantes, nada menos que la exquisita voz y la presencia de Verónica Villaroel en el papel de Margarita; Roberto Alagna, uno de los mejores tenores de la época, René Pape como Satanás, y Dmitri Hvorostovsky ¡Insuperables!
Arriba y abajo: reliquias del Museo Metropolitano de Arte de New York. Dos piezas maravillosas.
Decidimos con Verónica explorar el Museo Metropolitano de Arte. Años atrás había recorrido un parte de él, junto a mi hijo, sin embargo, la memoria se pierde y los objetos invaluables del arte permiten recrearse una y otra vez en ellos. Es tan vasto, que fue difícil en una sola tarde verlo todo. Apenas un recorrido por el arte egipcio, con sus momias, sus objetos de arte; por la galería de escultura: bellísima, imponente, impresionante y algo de las pinturas góticas y renacentistas.

Verónica y yo, cenando en un restaurante chino.

Por la noche, el día de nuestra llegada, decidimos cenar en un restaurante chino. Disfruté mucho de la vida nocturna de New York, de sus calles llenas de gente, como si el día y la noche fueran una y la misma cosa: los comercios abiertos y los restaurantes llenos. Nuestro amigo tenor, Chupi, acudió a nuestra llamada telefónica y nos reunimos con él a la hora de la cena. También compartimos con Heber, nuestro pianista, quien también por su cuenta, andaba por New York. Fue un placer para los cinco rememorar anécdotas y experiencias vividas en conjunto. La risa nos caracterizó en todo momento, a pesar del cansancio y el trajín del viaje.
Elegimos ir a conocer de cerca la Estatua de la Libertad, esa imponente figura de mujer sosteniendo una antorcha dorada en su brazo derecho, que caracteriza New York y que le ha dado la bienvenida, a todos los barcos que arriban a las costas de América, provenientes del viejo mundo. Abordamos un crucero que nos llevó de inmediato, en medio de turbas de turistas, a la pequeñísima isla −a menos de dos millas de la punta sur de Manhattan− donde se para garbosamente esa imagen donada años atrás, por el gobierno francés en 1866, para conmemorar una alianza que se remonta a la Revolución Americana.

En una pequeñísima isla aledaña −isla Ellis− se encuentra lo que fuera desde 1892 hasta 1954, el centro de inmigración, lo cual ahora, completamente renovado, es considerado un museo para los turistas.
Yo, en Washington Square Park.

Faltaba aun mucho por ver. Tomamos una caminata desde el inicio de la gran Quinta Avenida en lo que es el Washington Square, un parque muy bonito lleno de árboles, flores y bancas, donde decidimos Verónica y yo, tomar un rápido almuerzo. Emprendimos desde aquí la marcha y llegamos a la calle 34.

El arco de la Plaza Washington parece copiado de sus similares en Londres y París. Fue construido en 1889 por conmemorarse el centenario de la posesión de George Washington como primer presidente de los Estados Unidos. La construcción está hecha de mármol sólido.

Sin percatarnos del tiempo, y gozando entre nuevas charlas y risas, caminamos 30 cuadras. Exhaustas, pedimos un taxi que nos condujo a nuestro apartamento.
Arco en Washington Square Park


Al día siguiente, recorrimos toda la quinta avenida, pasando por la Catedral de San Patricio, y luego en un taxi visitamos Rockefeller Center. Muchas de las iglesias de la ciudad sirven como salas de concierto para producciones de música clásica o jazz y cuentan con una excelente acústica.

Terminamos el recorrido con Rockefeller Center. La construcción de este centro, duró siete años, comenzando en 1938. Ubicado en el centro de Manhattan, al norte de la calle 50 y alrededor de la Quinta Avenida, es una gran obra maestra arquitectónica. Integra torres enormes de jardines frondosos, paso para peatones, sala de conciertos, cinema, tiendas subterráneas, restaurantes y acceso directo al metro. El edificio de la General Electric con 70 pisos de altura, es uno de los más elevados que constituyen la estructura del Centro Rockefeller.

Durante la estación festiva, los jardines se transforman en un mundo fantástico donde exhiben grandes ángeles esculpidos. Contiene una inmensa pista de patinaje en hielo, siendo un sitio muy popular para los turistas.

New York es sin duda, una ciudad caracterizada por altos rascacielos y además, a través de los años, por sus constantes cambios.
Finalmente, el viaje se vio recompensado por la compañía de mis amigos, por la ciudad que ofrece un sinnúmero de entretenimientos −para todos los gustos− por las risas, por las anécdotas vividas y disfrutadas al lado de Verónica y Luis, y por haber tenido el privilegio de contar con la asistencia a tres óperas a un nivel mundialmente aclamado.
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